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CRÓNICAS DE LA VUELTA CICLOTURISTA A MASPALOMAS
- Diciembre 2001 -

Hola a todos:

Ahora que empieza el invierno, no se me ocurre mejor forma de calentarme que recordar aquellos tiempos en los que me podía bañar en la playa y andar en bici en manga corta. Y todo ello en pleno diciembre, con los adornos navideños en las tiendas. Nuestros compañeros sudamericanos sabrán lo que es eso, pero los del norte peninsular cuando salimos en bici en invierno lo hacemos bajo un manto de ropajes y accesorios anticongelantes que a veces nos impiden incluso el poder rascarnos la nariz sin tener que hacer genuflexiones extrañas.

En fin, "se la ví", que diría una francesa en una playa nudista.

Llegué a la afortunada isla de Gran Canaria un domingo muy tarde, más bien la madrugada del lunes, tras haber tenido la suerte de compartir horas de espera en Barajas con Joane Somarriba y Ramontxu González Arrieta, que eran los invitados de lujo de la Vuelta de este año.

Lunes: Tras formalizar la inscripción y hacer un pequeño reconocimiento de la zona, por la tarde teníamos el prólogo de la Vuelta. Un recorrido de unos 30 km en los que se ascendía un puerto, el Barranco de Ayagaurés. Debíamos empezar a las 3.30, pero esto de una hora menos en Canarias debe de ser al revés y salimos realmente casi a las 4.30 (o sea, las 3.30 en Canarias, o no, vaya lío). No era una subida muy dura, pero sí tenía algunas rampas de más del 10%. Las vistas eran bonitas, y muy diferentes a las que estamos acostumbrados a ver por la península. La vegetación subtropical y la intrincada orografía de las islas debido a la gran erosión que sufren los suelos volcánicos hacen que el paisaje sea extraño a los no acostumbrados, pero realmente atractivo, sobre todo en ciertas zonas de la isla.

El descenso fue por el otro lado de la subida y entre los retrasos en salir y las abundantes neutralizaciones llegamos al Hotel casi al anochecer y con una ligera llovizna. Pero en general contentos de cómo había transcurrido la jornada.

Martes: Primera etapa y la más larga de la semana. Casi 130 km con un perfil bastante rompepiernas. Ascendimos el Alto de Bandama, que es la carretera que sube una montaña que está junto a una caldera volcánica, que es de las que mejor se conserva en la isla. Los últimos kilómetros van haciendo una espiral hasta llegar a la cima. No tiene rampas excesivamente duras, pero merece la pena subirlo en bici.
Al bajar, la organización nos guardaba una pequeña trampa de la que algunos estábamos avisados. Pese a todo, la estrechez de la carretera y el numeroso pelotón hizo que yo tuviera que echar pie a tierra para no caerme contra el muro al cerrarme un compañero al final de la traicionera rampa de casi el 20% que teníamos que superar. Rampa dura, sí, pero que por sí sola no hubiera bastado para vencer a mi 30x23, acostumbrado a bregar con rampas de ese calibre. Pero la realidad, y no me duelen prendas confesarla, es que tuve que subir 50 m con la bici en la mano.

Después, tras reagruparnos al final de las "cuestitas" que tuvimos que superar, llegaron varias situaciones un tanto peculiares para una marcha organizada: nos perdimos. Bueno en realidad el coche de la organización sí sabía dónde estábamos, pero el caso es que una calle por la que debíamos atravesar había sido cortada justo esa mañana, por lo que estuvimos así una media hora entre agrupamientos, cambios de sentido de todo el pelotón y de todos los coches seguidores (incluyendo la Guardia Civil), y toma de decisiones. Si esto ocurre en la QH o en la Loroño los organizadores son linchados inmediatamente sin derecho a abogados, pero esto es Maspalomas y aquí se viene (o se debe venir) con otra mentalidad.
Por fin pudimos salir de la zona, y por una bajada bonita y varios repechos llegamos a la carretera general y terminamos en Maspalomas unas 7 horas después de salir, cansados pero contentos.


CAPÍTULO II

Miércoles: Como todas las mañanas, me despierto antes de que suene el despertador. Me visto de "txirrindulari" y enseguida bajo al comedor donde me espera el bufé de desayuno. Allí, a un lado del recinto, se exponen todo tipo de viandas saludables para los deportistas: yogures, panes de todo tipo, mermeladas y confituras, cereales, frutas, etc. Por supuesto, como buen "cicloglobero de elite" que soy, voy directo al otro lado del comedor y me lleno un plato grande de huevos fritos y un montón de lonchas de bacón (o beicon) bien churruscaditas. No me atrevo a acompañarlos con un vaso de Rioja para que no se me acabe la botella demasiado pronto, pues me cobran el crianza a precio de gran reserva, así que la dejo sólo para la cena.

Tras cebarme a placer en el desayuno, dejando bien clara la diferencia entre un cicloturista y un "cicloglobero de elite", termino de prepararme y salgo ya en bici hacia la salida.

La etapa de hoy es corta, sólo 70 km, pero con una subida bastante larga hasta San Bartolomé de Tirajana. La subida a San Bartolomé es larga, sí, pero sin rampas duras y además a mitad de la ascensión se para en un avituallamiento en el pueblo de Santa Lucía, por lo que con tanto santo no necesitamos santiguarnos para empezar a comer. Como siempre en esta Vuelta, los que han decidido subir a tope deben esperar mucho tiempo hasta que llegan los últimos y se reanuda más tarde la marcha, así que, los que subimos hacia el final del pelotón nos aburrimos y nos enfriamos menos en los reagrupamientos.
Tras terminar de avituallarnos, seguimos la subida y después comenzamos un precioso descenso hacia Maspalomas. Pero antes, a media bajada, debemos detenernos en Fataga para degustar la comida al aire libre que nos tiene preparada la organización. El menú: ropa vieja, que no es lo que sobró del rastro de la semana anterior, sino un plato con garbanzos, patatas y carne guisada. Me como todo menos los garbanzos, con los que no me hablo desde que tengo uso de razón. Después me tomo un cortadito en la taberna del pueblo, y mucho después, cuando ya nos entran ganas de echar la siesta, reemprendemos viaje.

Al principio seguimos bajando, pero enseguida tenemos que subir hasta el mirador de Fataga y, para facilitar la digestión, nos encontramos con una bonita rampa del 13%. Menos mal que uno está habituado a los brevets de larga distancia con compañeros amantes de las comidas de mantel en bicicleta, y remonto la cuesta sin mayores dificultades. Arriba me detengo a sacar unas fotos y a admirar el paisaje y dejo que el pelotón tome ventaja en lo que queda de descenso hacia Maspalomas. Y no es precisamente porque yo sea un gran bajador. Los que me conocen saben que se me suben los caracoles bajando (como dice un amigo mío, yo antes bajaba mal pero llaneaba y subía bien; ahora ni bajo, ni llaneo, ni subo, por lo que ya soy un ciclista completo). Lo que pasa es que ya sabía que el coche abre-marcha nos iba a ir reteniendo para llegar agrupados, así que dejándoles marchar pude bajar casi todo el rato a mi ritmo.

Ya en Maspalomas, al Hotel y a la piscina antes de cenar. ¡Qué tiempos!


CAPÍTULO III

Jueves (etapa reina): Tras el desayuno "cicloglobero-elitístico" de rigor, me encamino una vez más a la salida, cual profesional en una gran vuelta por etapas, o sea, con ganas de dar caña en la cabeza del pelotón (es broma, no vaya a ser que os creáis que se me ha subido el Rioja a la cabeza).

A las 9 y pico, con puntualidad maspalomera, comenzamos a pedalear. Hoy los nervios están en el ambiente. Y no es para menos, ya que debemos ascender el puerto más duro de la Vuelta: Guayadeque. Según el libro de ruta oficial al final hay rampas del 15 y del 18%, por lo que, para la gente que sufre cuando la pendiente supera el IPC de un país comunitario, es un día comprometido. De entrada, tras dejar la carretera general, debemos subir hasta Agüimes. Subida fácil y con carretera amplia, por lo que no sufrimos demasiado. Pese a todo, algunos comenzamos a coger nuestras posiciones en el pelotón, o sea, a cola.

Tras una breve parada en esta localidad y una vez repuesto el bidón de líquido, y vaciado el otro bidón del otro líquido, seguimos hacia la salida del pueblo para, sin solución de continuidad y tras una pequeña bajadita, comenzar la subida al temido Guayadeque. Como otras muchas subidas de esta isla, la carretera va remontando el barranco que deja el río cuando lleva agua. Al principio la carretera no es muy dura, aunque más tarde se empieza a empinar considerablemente. Pero eso sí, la carretera es estupenda y con pocas curvas, lo cual va a ser de agradecer a la bajada, ya que la subida no tiene otra vertiente.

Para daros una imagen más real de lo que estábamos ascendiendo, os adjunto las pendientes de cada km: km 1-1%, km 2-6%, km 3-4%, km 4-7%, km 5-8%, km 6-10%, km 7-10,5%, km 8-11,5%, km 8,7-12,1%.

Como veis, los últimos km sí que son duros, y la pendiente en muy constante, aumentando gradualmente sin que se note mucho, tan sólo al mirar a las zapatas de los frenos a ver si se han movido y te están frenando. La rampa más dura, de más de un 15%, está justo donde acaba la carretera, en el mirador de un restaurante, pero es de poco más de 100 m. En la Vuelta a Maspalomas, la llegada oficial donde estaba el avituallamiento, era justo en el lugar donde está el monumento a Antonio Martín, unos 400 m antes de llegar al final de la carretera.

Salvada la dificultad de Guayadeque, que a mí no se me hizo tan duro gracias a mi dieta científicamente probada como la mejor para un cicloglobero, regresamos a Maspalomas pasando por una zona un poco pestosilla, pero que no logró amargar la digestión a nadie. Así que, salvada con éxito la etapa de mayor dificultad sobre el papel. Yacuzzi en el Hotel, cena "ad hoc" y hasta el viernes.

Viernes (mi día de descanso -activo-): La etapa del viernes consistía en ir y venir desde Maspalomas a Las Palmas por la carretera y autovía de la costa. 110 km prácticamente llanos, salvo algunos repechitos sin mucha historia.

Como mis piernas ya acusaban unas pequeñas agujetas (lo cual no achaco en modo alguno a mi alimentación) y no tenía ningún atractivo montañero en el perfil del libro de ruta, decidí alquilar un coche para los días que me quedaban en la isla. Tras desayunar un poco más que otros día, ya que iba a hacer muchos más kilómetros, salí a la búsqueda de la ascensión más dura de toda la isla.

Esta subida no es otra que la ascensión al Pico (o Pozo) de las Nieves (a 1940 m) desde Carrizal (a 120 m). En total son 26,7 km de ascensión, con una zona entre Pasadilla y Cazadores de 5,3 km que tiene muchísima miga. En este tramo hay rampas del 23%. En concreto en estos 5,3 km se ascienden 550 m, o sea, a una media de más del 10%. Y si tenemos en cuenta que hay varios llanos, pues vosotros veréis. Es como meter Urkiola en la mitad del Portalet, para que os hagáis una idea con puertos conocidos por casi todos.

Tras subir el Pico de las Nieves y admirar desde allí los paisajes que se nos presentan (con el Teide al fondo), estuve dando vueltas por otros accesos al Pico, al que se puede llegar con multitud de variaciones. Lástima que haya pistas sin asfaltar, porque si las asfaltasen habría subidas tal vez más duras que la que os he contado.

Entre las carreteras duras que medí, destaco la carretera que baja al pueblo de El Chorrillo. Este nombre se debe, sin duda, al chorrillo que te cae por la entrepierna al bajar la carretera en coche. La pena es que no hay, por lo menos asfaltado, otro acceso a este pueblo. Si quieres subir esta carretera en bici primero la tienes que bajar, y doy fe de que te juegas la vida. Son 7,7 km de carretera muy estrecha, con innumerables curvas de herradura, que van salvando el barranco. Al bajar y subir en coche no pasé de segunda en casi ningún tramo, y la mayor parte lo hice en primera. Además, el asfalto aunque es bueno, está muy sucio de tierra que cae del monte. La pendiente media sólo es de 7,6%, pero eso es porque la pendiente es muy irregular y hay muchísimos repechos que seguro superan el 15%.

Este día vi a muchos cicloturistas que, como yo, habían hecho novillos a la etapa oficial, pero que habían dedicado el día a subir en bici al Pico de las Nieves, y algunos por su parte más dura, como unos cuantos de la "secta" (La SCT Asturiana). Otro grupo de valencianos subieron hasta el Pico por El Barranquillo Andrés, cuya descripción os la dejo para la crónica del domingo para no asustar.

Antes de terminar la crónica de hoy, he de comentar mi jornada vespertina, y no es para daros envidia, sino porque me gusta recordarla. Tras llegar de vuelta al Hotel a eso de las 4 de la tarde, cogí el traje de baño y me fui a la playa de las dunas. En esta playa, dependiendo dónde te pongas, sólo ves dunas a tu alrededor, y puedes soñar que estás en el desierto en plan Thomas Edwards Lawrence, Lawrence de Arabia para entendernos, con la ventaja de poder bañarte 200 metros más allá. Después del chapuzón, de saltar un rato por las dunas y de estar un rato tomando el sol y viendo un par de teutonas (que no tetonas -que nadie me ponga a parir por machista-) muy guapas, me acerqué al hotel de la organización a darme un masaje para estar a punto para la última etapa en la que iba a echar el resto.

El masaje muy bien. La pena es que la crema "para ciclistas" que usaba el masajista me dejó la piel durante un par de horas como una gamba tras un baño letal en agua hirviendo. Lo que pasó es que el masajista al verme delgado, con mis piernas afeitadas y con marca de moreno ciclista, se pensó que yo era uno de ellos, sin darse cuenta de que soy cicloglobero de elite. Tendré que dejarme los pelos y acudir al masaje con un bocadillo de chorizo frito en la mano para que se note la diferencia. En fin.

CAPÍTULO IV

Sábado: Última etapa. No se esperan novedades ni cambios de última hora en la clasificación general ni en las secundarias. Todo el bacalao (alguno de Bilbado diría bacalado) está ya repartido y se espera que la etapa sea un paseo triunfal para los ganadores y que tan sólo haya movimientos al entrar a los Campos Elíseos, precioso lugar en el cual se dilucidará el vencedor del último sprint.

Pero... ¿qué es esto? Me estoy confundiendo con la crónica del recurrente sueño que me viene de vez en cuando y en el que gano mi sexto Tour consecutivo. Será por culpa de la cena de nochebuena. Empiezo de nuevo.

Sábado: Última etapa de la Vuelta. Sobre el papel etapa sin complicaciones. La única subida que aparece reflejada en el perfil parece un puerto de tercera suave. Pero no nos podemos fiar. Esta vez salimos por la costa hacia el oeste, hasta Mogán. Los primeros kilómetros transcurren sin muchos incidentes. Una caída rompe la tranquilidad del grupo y yo, tras auxiliar al caído (el organizador de la Vuelta Cicloturista a Cantabria que tuvo la mala suerte de caerse dos veces durante la semana) me reincorporé con gran estilo y sin dificultad al seno del pelotón y con la satisfacción que da el haber ayudado a un compañero.

Enseguida llegamos a una zona de la carretera en la que los toboganes son continuos, y las piernas comienzan a protestar. Tras unos 40 km sinuosos llegamos al puerto de Mogán (puerto en su sentido marítimo, matizo) y desde allí comienza la prevista subida al pueblo de Mogán, a unos 7 km.

Como se deducía del perfil, la subida es suave, con varias zonas de llano y con rampas de sólo hasta el 5 ó 6% como mucho. Con tan poca dificultad, y pensando que ya es el último esfuerzo de la temporada, aprieto los pedales y, como recordando el aceptable escalador que yo fuera otrora, completé una ascensión a tope que me reportó las alabanzas del organizador de la Volta Cicloturista a Menorca (otra a la que ya le tengo ganas) que no pudo seguirme en los últimos kilómetros. Tras casi una hora de parada y avituallamiento en el pueblo retornamos por la misma carretera.

La única novedad fue una corta visita al puerto de Mogán, donde vimos algunos veleros preciosos. Ya en la carretera, de nuevo tuvimos que subir todos los repechos que antes habíamos bajado y bajar todos los que habíamos subido. Hacia el final, el coche abre-marcha aceleró bastante y ya no pude seguir el ritmo del pelotón, que prácticamente quedó desintegrado.

Sin más novedad que el cansancio llegamos a Maspalomas y quedó para el recuerdo la Vuelta de 2001.

Por la tarde, tras el descanso, se procedía a la entrega de recuerdos y trofeos. Y aquí hizo su aparición una invitada indeseada, pues justo cuando iba a comenzar el acto empezó a llover con cierta intensidad.

Yo tuve la suerte de recoger el trofeo para la S.C. Bilbaina de manos de nuestra simpática paisana Joane Somarriba. Tras terminar, una cervecita, un paseo y al hotel.

Domingo: Éste era mi último día en la isla, y el día en el que casi todo el mundo regresaba a casa, menos algunos afortunados que no teníamos el vuelo de regreso hasta el lunes. Fue el único día que llovió bastante, prácticamente toda la mañana.

Tras un buen desayuno -es malo variar las costumbres del cuerpo- cogí el coche y salí decidido a sacar partido al último día en Gran Canaria. Tomé la carretera por la cual habíamos pedaleado el día antes y llegué hasta Arguineguín. Desde allí comencé a remontar el barranco que lleva su nombre hacia el embalse de Soria, donde me habían dicho que había una subida bastante dura. Los primeros 14 km son prácticamente llanos, pero luego la cosa cambia bastante. La carretera es buena pero la pendiente bastante dura. En unos kilómetros llegamos a la localidad de El Barranquillo Andrés. Desde aquí la carretera sigue llaneando hasta el embalse, pero yo tomé un cruce hacia la izquierda en dirección a Ayacata, por donde habían subido los valencianos que os menté antes.

Si hasta aquí era duro, ahora era durísimo. La carretera estrecha, sinuosa, típica carretera de montaña entre pinos. Los cuatro kilómetros desde el cruce son impresionantes, con rampas superiores al 15%. Menos mal que está bien asfaltada, aunque con barro en el asfalto por la lluvia que caía. La niebla comenzaba a envolverme y al terminar los cuatro kilómetros asfaltados se llega a un cruce desde donde se sigue subiendo, con menos pendiente, por una pista forestal (¡por la que subieron los valencianos!).
Ahí decidí darme la vuelta, pues la niebla, el barro, la lluvia y el desconocimiento de lo que podía encontrar así lo aconsejaban. Comencé a bajar y al de un km, cuando iba a salir del coche a sacar unas fotos, comenzó a caer una fuerte tormenta que me mantuvo dentro del coche casi 20 minutos. A mi cabeza llegaban las imágenes de las tormentas que unos días antes habían causado 4 muertos en La Palma. Por fin paró de llover y pude sacar las fotos. Y mientras lo hacía escuchaba el rodar de las piedras por el monte. Pies para que os quiero. Más vale cobarde vivo que héroe muerto.

Tras llegar de nuevo a Arguineguín seguí hacia Mogán y desde allí hasta San Nicolás, por una bonita carretera llena de curvas y con kilómetros por encima del 10%. En lo alto, en un "típico" chiringuito regentado por una lugareña alemana, me paré a tomar un café cortado con leche condensada, algo típico de la isla y que está coj...

En San Nicolás, junto a la playa, comienza una carretera que va bordeando la costa, con acantilados de más de 500 metros en caída vertical hasta la mar. Pero no es peligrosa ya que es ancha y bien asfaltada.
Cuando llegué al hotel el tiempo mejoró. Descansé un rato y comí un sandwich de pollo. Antes de cenar me acerqué hasta el faro de Maspalomas, al fondo de las dunas, a esperar a la puesta del Sol, que adivinaba que iba a ser espectacular.

El infinito, y más allá del infinito:

Las olas acariciaban suavemente la arena mientras unos pocos paseantes se dejaban mojar los pies con alegría. El faro, alto y regio, encendió su haz para cumplir con su obligación para con los marinos que, ya pocos, se guían con su luz cegadora. En el cielo, las nubes, caóticas y de mil formas diferentes, no me dejaban ver el incesante recorrido que el Sol iba trazando tras ellas. Cirros altos, cúmulos, cumulonimbos, restos de la tormenta, se iban disgregando poco a poco. Por suerte, en el horizonte, sobre la mar, el cielo aparecía despejado justo por donde el disco solar se iba a ocultar bajo el agua.

Desde donde yo estaba sentado, el cielo se reflejaba sobre una pequeña lengua de mar que se adentraba en la playa mientras subía la marea. Unas golondrinas de mar correteaban por la orilla intentando buscarse la cena.

De repente, sorprendiéndome a pesar de llevar un rato esperando que ocurriera, el Sol se escapó de las nubes. Mientras llegaba al horizonte, allá donde se juntan el cielo y la mar, las nubes se ruborizaron. Al dejar que el Sol escapara, éste las había iluminado y la vergüenza de ser observadas las había enrojecido.

Poco a poco, sin que yo pudiera evitarlo, el Sol comenzó a desaparecer tras el Atlántico. Se ocultó en el infinito, y más allá de ese infinito sólo puede haber una cosa: nuestra esperanza.

(c) 2001. Javier Sánchez-Beaskoetxea


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