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martes, 06 de enero de 2009  

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El infierno se llama Carrascoy

Nuestro compañero en Bélgica Jean Marie Machiels subió este puerto el 28 de octubre de 2002 y nos lo cuenta

La última semana de octubre del año 2.002 disfrutaba de unas días de vacaciones en la región de Torrevieja. En años precedentes, ya había vencido a la Cresta del Gallo (Murcia), al Collado de Bermejo (Alhama de Murcia) y a ambos vertientes del Xorret de Catí (Castallá). Pero ahora me había invadido la idea de subir la cuesta más dura de la región, un verdadero coloso, el temido Carrascoy al sur de Murcia. Por este motivo, había quedado con mi compañero de pedales Jose María Cardona de la localidad.

El Carrascoy constituye un paraíso para los que solo quieren hablar del monte. Para los que efectivamente quieren subirlo en bici es el infierno. Figúrate ¡los habitantes de la zona lo caracterizan como "el Anglirú de Murcia"! ¿Exagerado? Puede ser. No obstante es una de las subidas más difíciles de la península. ¡Una verdadera paliza!



Lunes, 28 de octubre 2.002. Aparqué delante de la casa de mi amigo José María que había aceptado acompañarme en coche. Generosamente, me ofreció su BTT para afrontar la tarea. Tomando en cuenta los porcentajes y el estado pésimo de la calzada es el mejor medio de transporte no motorizado (aunque en la parte dura de la ascención preferí montar en caballo). Para calentarme chupaba rueda durante 23 kilómetros detrás del Renault de José María en la MU-603. Unos kilómetros detrás del pueblo Sangonera la Verde, un cartel poco visible en el lado izquierdo indica el camino hacia el "Centro Emisor". La subida empieza con una larga recta entre naranjos y limoneros. En el fondo me espera una auténtica pared. ¡Ayayay…!

Apenas 100 metros más lejos ya había lanzado todo lo que no necesité por la ventana – abierta – del coche. Haciendo muecas, Jose María me preguntó si no quería quitarme el pendiente. Ya no tenía ganas para contestarle con frases elaboradas. Unos kilómetros más lejos ya no conocía la traducción española de la palabra "cerveza".

Los primeros ocho kilómetros el desnivel casi nunca es inferior a 10%. Una serie interminable de rampas alrededor de 20% come la energía de las piernas. En ninguna parte se puede descansar. Al contrario, la subida se hace un verdadero calvario en las curvas en herradura donde el porcentaje es aún más alto. Además, en dichos tramos hay que quedarse sentado para evitar que se deslice la bici a causa de la grava. Por su puesto la calzada se encuentra en pésimo estado a la altura de los tramos más empinados, porque ahí también los camiones para el mantenimiento de las antenas casi no avanzan. El sexto kilómetro es el infierno, la "Cueña les Cabres" local. Por fuerza, solo se puede disfrutar de los parajes vertiginosos más tarde, mirando las fotos. Es una paliza que hay que experimentar, porque como siempre, cifras y medias no cuentan todo el relato. “Zigzageando” se emplea toda la anchura de la carretera. Afortunadamente, no hay mucho tráfico. Por lo general solo los servicios de mantenimiento se sirven de aquella carretera. A ellos se añaden también los aficionados de parapente que en las pendientes del Carrascoy han encontrado el sitio perfecto para su pasión. Después de ocho kilómetros de trabajo duro viene un descenso de más o menos un kilómetro que nos dirige hacia el postre. Una vuelta de 800 metros alrededor del monte hasta el pie de las antenas. En realidad hay 3 antenas. Para llegar a las más altas, hay que seguir todo recto todo el tiempo.

Después de las obligaciones fotográficas, busqué el calor del coche de mi amigo. Hasta me cubrí con una manta. Claro, en la cumbre la temperatura había bajado de muy por encima 20 grados hasta 11 grados. Cansado, pero orgulloso, me dejé conducir a casa, con la bici en el maletero. Es una ventaja de disponer de tal amigo. Gracias al apoyo de Jose María ahora soy uno de los pocos que han vencido al Carrascoy sin poner pie en tierra.

Texto: Jean-Marie Machiels (Sint-Truiden, Bélgica)
Fotos: Jose María Cardona (Murcia)



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