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Nuestro compañero en Bélgica Jean Marie Machiels subió
este puerto el 28 de octubre de 2002 y nos lo cuenta
 La última semana de octubre del año 2.002 disfrutaba
de unas días de vacaciones en la región de Torrevieja.
En años precedentes, ya había vencido a la Cresta del
Gallo (Murcia), al Collado de Bermejo (Alhama de Murcia) y a ambos
vertientes del Xorret de Catí (Castallá). Pero ahora
me había invadido la idea de subir la cuesta más dura
de la región, un verdadero coloso, el temido Carrascoy al sur
de Murcia. Por este motivo, había quedado con mi compañero
de pedales Jose María Cardona de la localidad.
El Carrascoy constituye un paraíso para los que solo quieren
hablar del monte. Para los que efectivamente quieren subirlo en bici
es el infierno. Figúrate ¡los habitantes de la zona lo
caracterizan como "el Anglirú de Murcia"! ¿Exagerado?
Puede ser. No obstante es una de las subidas más difíciles
de la península. ¡Una verdadera paliza!

Lunes, 28 de octubre 2.002. Aparqué delante de la casa de mi
amigo José María que había aceptado acompañarme
en coche. Generosamente, me ofreció su BTT para afrontar la
tarea. Tomando en cuenta los porcentajes y el estado pésimo
de la calzada es el mejor medio de transporte no motorizado (aunque
en la parte dura de la ascención preferí montar en caballo).
Para calentarme chupaba rueda durante 23 kilómetros detrás
del Renault de José María en la MU-603. Unos kilómetros
detrás del pueblo Sangonera la Verde, un cartel poco visible
en el lado izquierdo indica el camino hacia el "Centro Emisor".
La subida empieza con una larga recta entre naranjos y limoneros.
En el fondo me espera una auténtica pared. ¡Ayayay…!
Apenas 100 metros más lejos ya había lanzado todo lo
que no necesité por la ventana – abierta – del
coche. Haciendo muecas, Jose María me preguntó si no
quería quitarme el pendiente. Ya no tenía ganas para
contestarle con frases elaboradas. Unos kilómetros más
lejos ya no conocía la traducción española de
la palabra "cerveza".

Los primeros ocho kilómetros el desnivel casi nunca es inferior
a 10%. Una serie interminable de rampas alrededor de 20% come la energía
de las piernas. En ninguna parte se puede descansar. Al contrario,
la subida se hace un verdadero calvario en las curvas en herradura
donde el porcentaje es aún más alto. Además,
en dichos tramos hay que quedarse sentado para evitar que se deslice
la bici a causa de la grava. Por su puesto la calzada se encuentra
en pésimo estado a la altura de los tramos más empinados,
porque ahí también los camiones para el mantenimiento
de las antenas casi no avanzan. El sexto kilómetro es el infierno,
la "Cueña les Cabres" local. Por fuerza, solo se
puede disfrutar de los parajes vertiginosos más tarde, mirando
las fotos. Es una paliza que hay que experimentar, porque como siempre,
cifras y medias no cuentan todo el relato. “Zigzageando”
se emplea toda la anchura de la carretera. Afortunadamente, no hay
mucho tráfico. Por lo general solo los servicios de mantenimiento
se sirven de aquella carretera. A ellos se añaden también
los aficionados de parapente que en las pendientes del Carrascoy han
encontrado el sitio perfecto para su pasión. Después
de ocho kilómetros de trabajo duro viene un descenso de más
o menos un kilómetro que nos dirige hacia el postre. Una vuelta
de 800 metros alrededor del monte hasta el pie de las antenas. En
realidad hay 3 antenas. Para llegar a las más altas, hay que
seguir todo recto todo el tiempo.

Después de las obligaciones fotográficas, busqué
el calor del coche de mi amigo. Hasta me cubrí con una manta.
Claro, en la cumbre la temperatura había bajado de muy por
encima 20 grados hasta 11 grados. Cansado, pero orgulloso, me dejé
conducir a casa, con la bici en el maletero. Es una ventaja de disponer
de tal amigo. Gracias al apoyo de Jose María ahora soy uno
de los pocos que han vencido al Carrascoy sin poner pie en tierra.
Texto: Jean-Marie Machiels (Sint-Truiden, Bélgica)
Fotos: Jose María Cardona (Murcia)
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